Hoy me levanté muy temprano. Mucho más de lo habitual. No por que quisiera, sino por que no pude dormir más. Y me levanté pensando en mi familia, en lo que Pato me contaba ayer y este post.
Desde que llegó a BUE, Pato me dice que no se puede acostumbrar al ritmo de allá. Que hay cosas de aquí que se le pegaron y que hacen que Buenos Aires se torne insoportable. El ruido, el olor a cigarrillo en todos lados (y conste que los dos somos fumadores!), el tránsito, la mugre, la gente. La gente. Los empujones por que sí y no poder caminar tranquilo. La falta de respeto.
El domingo estuvieron en La Plata visitando a parte de la flia. Mi hermano la llevó a ella y a Facu en su camioneta. A la bajada de la autopista, en la rotonda, una piedra entra por uno de los vidrios. Obviamente arrojada desde algún costado del camino con una “gomera” Pato no me dió mucho más detalle pero si me comentó que algún vidrio le entró en el ojo y que Facu empezó a llorar. No fué más que eso, un muy mal momento sin mayores consecuencias. Pero podría haber sido peor, mucho, muchísimo peor si esa piedra daba en el blanco. En Facundo o en mi mujer. Y por centimetros no fué así. Ni quiero pensarlo. Cuando llegaron a destino la reacción fué acompañada de comentarios estilo “Ah! Y si! Ahora es así!”, “Cuando volvemos en el omnibus también nos pasa”, etc. Parece que ya es algo normal. Están anestesiados.
Patricia me comentaba que había charlado con un amigo del secundario y su mujer en estos días. El parece que pegó un muy buen laburo en una buena empresa. Pero según palabras de su esposa tienen que vivir como un oficinista medio. No pueden darse los gustos que quisieran. Por que ni ellos ni nadie quieren ser carne de cañon de los asaltantes, no? Y despues de todo, están resignados. “Por que ya estamos acostumbrados a que nos vivan metiendo el dedo en el c…”
Y cuando ya te acostumbraste es que estás anestesiado. Tan anestesiado que ni lo sentís. La violencia pasa a ser cosa de todos los días. Costumbre diara con la que hay que vivir. Algo más. Ya esta ahí. Ni me importa, ni me afecta. Y cuando me toque, me tocará. Están anestesiados. Nada los sorprende, nada los apasiona más allá de un mundial de fútbol. Nada los conmueve. Nada los afecta. Se han convertido en una sociedad zombi que camina por la calle como si estuviera sola. Empujando y golpeando a los otros que están pero no están, pero como viven anestesiados no les va a importar.
El otro día me preguntaba a que había venido a Canadá. Esto que pasó me ayudó a recordar. Aquí no me va a pasar? Seguro que puede pasar. Claro que hay violencia! El centro de Kitchener no es joda. Ni quiero imaginarme Toronto o Montreal. Pero seguro que no están anestesiados. Esta sociedad todavía se conmueve y se sorprende por lo que pasa aleededor. Y toma acción. Es una comunidad en todo el sentido de la palabra. Per me da bronca, porque después me tengo que bancar que un idiota me deje comentarios diciendo que soy un looser por que preferí venirme a vivir a 10mil kilómetros para tener el mismo laburo de mierda que tenía en Buenos Aires. Si, prefiero eso. Prefiero el mismo laburo de mierda aquí, por que cuando salgo a la calle seguro, pero casi seguro al 99.99% que no me van a matar. Ni a mi ni a mi flia.
Entonces, mis queridos, quédense con sus bifes de chorizo, con Perón, con Evita, con las vaquitas, con Boca-River, con Maradona y con la concha de su madre. Y se lo meten todo bien en el orto. Mientras tanto, me devuelven a mi familia entera.
Y cuando se pregunten por que me vine a Canadá acuérdense de ese domingo donde, otra vez, a alguien lo quisieron asaltar en la rotonda de Alpargatas.
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